(29 2026) Leyenda de México. Era el siglo XVI, los vecinos de la Nueva España vivÃan en permanente temor debido a la gran cantidad de crÃmenes que ocurrÃan a diario al parecer ajusticiado por el mismo sujeto. Por las noches, en cualquier momento se escuchaban alaridos en la calle, que el asesino proferÃa mientras escapaba. La población sabÃa que se acababa de cometer un crimen y entonces, aseguraban puertas y ventanas de sus casas con fuertes trancas.
Algunas personas lo llegaron a ver. Corriendo, gritando y aún empuñando la daga, el sujeto parecÃa volar entre las calles empedradas. Todos los que lo vieron y escucharon creyeron que era el demonio.
El fraile Zanabria en compañÃa de un mestizo, regresaban de una confesión y en seguida escucharon una voz desesperada: ¡ La ronda! ¡Venid! ¡Alguaciles!, se acercaron al lugar y encontraron a un hombre inclinado sobre otro que yacÃa en el suelo, cubierto de sangre.
-¡Mi hermano se muere padre! ¡Ha sido acuchillado por ese demonio! El fraile se acercó al herido y se dio cuenta que agonizaba, solo puedo darle la extremaunción.
-¡No es posible padre! ¿Acaso va a morir?
El fraile procedió al sacramento, luego cerro los ojos del muerto y lo cubrió con su túnica. La ronda llegó en ese momento y se acercó al grupo. El hermano del difunto se adelantó: ¡ Mi hermano don Jimeno ha sido vÃctima de ese demonio!
¡Ira de Dios! ¡Otro muerto acuchillado sin piedad!
Lo vimos señor capitán ¡ Creo que es el mismo diablo!
Para mi que es obra de un malvado. Hombre o demonio hay que hacer justicia. Ese ataca dentro de la ciudad o fuera, el criminal daba muerte a sus vÃctimas en cualquier rumbo de la capital, no hay patrón de tipo de personas, los mismo hombres que mujeres ricos y pobres. Lo único común era la puñalada una, honda y certera en el pecho, de manera que el atacado morÃa casi al instante. Solo se encontraban los cadáveres frescos. Cuando esto ocurrÃa los pobladores daban por atribuir el crimen al demonio.
Era un demonio el asesino
Cuando se encontró el cadáver de don Pedro de Villegas en las afueras de la ciudad, se observó que la herida era fina producto de espadas y varias clavadas no una como se sabÃa acostumbrada por el demonio, un conocido del difunto dijo, que don Pedro tenÃa amorÃos prohibidos. La justicia solo cumplió con las diligencias.
Los crÃmenes continuaron el Virrey Don Luis de Velasco II, dió su mandato. Los crÃmenes que asolaban a la Nueva España, sà se trata de un demonio se haga cargo el Santo Oficio y sà es de este mundo, se aplicara la justicia el más horrible y cruel de los castigos.
Durante las noches se verÃan religiosos recorrer las calles, con las cruces y utensilios necesarios para el exorcismo, mientras el capitán y los lanceros hacÃan lo propio. En las ocasiones que el asesino atacaba los soldados y religiosos llegaban tarde, ya la vÃctima estaba moribunda y el responsable habÃa escapado. Los religiosos lo vieron correr, aunque hicieron el esfuerzo perseguirlo pronto desapareció de su vista. El asesino parecÃa ser hombre o demonio se decÃa que tenÃa un pie de cabra y el otro de gallo, o que era una bruja como decÃa uno de los oidores de la comitiva. Los frailes oraban para alejar el maleficio que asolaba la ciudad.
Después de un tiempo la persecución cesó, aun que la comunidad seguÃa tensa. El oidor mayor Don Alvaro Peredo y Zúñiga una mañana su sirviente entró a su despacho para comunicarle algo, que un hombre preguntaba por él. Y que era muy insistente en verlo. Entonces, déjalo pasar y nos dejas solos. Soy Lizardo de Ontuñano, natural de San Lucas, tahonero de oficio. Me atrevo a molestarlo por que sé quien es el asesino.
-Conoces la identidad del asesino.- Asà es señor. - Le he seguido y le he visto entrar a su casa, se puso de pie el oidor y dijo resulto:
—No perdamos tiempo, vamos a la audiencia, y se le dará una fuerte recompensa por revelar la identidad del crimen.
Pero don Lizardo quedó callado, sin moverse y el oidor dijo; pero que pasa, no busco recompensa por revelar el nombre del criminal , sino por callarlo. —No entiendo, ¡pagar por callar! —Señor oidor el asesino es su hermanastro, Don Gaspar de Aceves. —¡No es posible! Mi hermano está enfermo ¡Pero criminal no es! Averiguadlo señorÃa. El oidor dejó al hombre en el despacho, caminó a la habitación de su hermanastro abrió la puerta, y grande fue su estupor revisó su lecho: encima de este se hallaba una capa con manchas de sangre y sobre la mesa un puñal, con el filo cubierto con abundante sangre reseca.
Cuando regresó, donde lo esperaba Lizardo, el oidor iba anonadado, todavÃa dudo por un momento, le costaba creerlo, pero ahà estaban las pruebas, además sabÃa que su hermanastro no estaba bien de sus facultades mentales. El tahonero dijo ¿se convenció verdad? Fije la cantidad de monedas de oro que ha de darme, que yo me daré por bien pagado.
—Idos ahora , señor— Lizardo. Yo os avisaré mañana.
El oidor torturado por el descubrimiento, por el conflicto entre su deber y sus sentimientos. Al dÃa siguiente entregó una cantidad a Lizardo de Ontuñano quien le aseguró su silencio. Por otra parte encerró a su hermano.
Sin embargo no se conformó a la primera extorsión, continuaron otras, el oidor mayor ya empezaba irritarle cada vez más la presencia del extorsionador.
Harto, el oidor mandó detenerlo; lo culpaba de ser el asesino en serie. Lizardo de Ontuñano, dicen los documentos del Santo Oficio, proclamó su inocencia, pero fue en vano. SabÃa que podÃa ser condenado por influencia del oidor y de la arbitrariedad de la Inquisición. Pidió hablar con el oidor, en la celda quiso chantajear al funcionario, con la amenaza de delatar a su hermano si sostenÃa la acusación, pero el oidor no cedió. Tomaron un acuerdo; el oidor le propuso que declarara conocer al asesino, haberlo visto pero no saber su nombre ni el lugar de donde vive. A cambio de ello el oidor juró dejarlo ir y Lizardo juró guardar el secreto. Se llevó a cabo el juicio el oidor frente al jurado.
Este le preguntó:— Confesáis haber visto morir a las vÃctimas, correr sangre y saber su identidad?
—SÃ, confieso. El oidor se levantó de su asiento para señalarlo:
—Miembros de este tribunal ¡No hay duda alguna! ¡Aquà tenéis al diabólico asesino! ¡Sometedle a tortura, en tanto se decide la forma de matarle! El verdugo lo agarró y lo llevó a la cámara de torturas, ahà fue sometido suplicio del potro. Un verdugo le daba vueltas a una barra colocadas al extremo derecho del cilindro de madera, que la cabecera del hombre y envueltos en cuerdas, jalaba de sus brazos sujetados. Mientras tanto un fraile lo interrogó sobre las razones de los asesinatos, Lizardo negó todo. Y antes de la fractura de sus miembros dijo; ¡Soltadme! ¡El criminal es el hermano del oidor mayor, Don Gaspar de Aceves! Pronto el fraile fue con el oidor mayor para comunicarle lo dicho por el reo. Este no dio importancia, adujo una venganza en su contra, y ordenó mayor tortura hasta lograr su muerte, preocupado en el fondo de que siguiera hablando. Pero al fraile se le ocurrió una siniestra idea; castigarle por sus crÃmenes y por difamación al oidor.
El extorcionador pagó
Intrigado, quiso saber de que manera harÃa el castigo, el fraile respondió: Vivis en la calle de la cadena ¡Que sea colgado de la cadena superior que está en frente de vuestra casa! El dÃa de la ejecución, la gente se agolpaba en las aceras, furiosa arremetÃa en
contra del reo, que en esos momentos pasaba, en medio de la procesión de guardias y religiosos, una vez que llegar al lugar, la sentencia fue leÃda por el pregonero. Colgaron la cadena a su cuello y entonces, el fraile se acercó al hombre, ya aniquilado, por las torturas. En tono piadoso le expresó. —Confesad vuestros crÃmenes para que vuestra alma pueda llegar al cielo. —Sois sacerdote. Decidle a ese Dios que invocáis, que me permita volver a este mundo a demostrar mi inocencia. —¡ No puedo pedir tal cosa!
—Lo haré yo, si llego a vislumbrar el cielo. ¡Y os juro por Dios, que vos también sabréis de mi inocencia!
A lo lejos, ya aletargado, escuchó la orden de su muerte.
Su cuerpo quedó pendido de una de las cadenas superiores de la casa frontal a la del oidor mayor, donde quedares dÃas, expuesto al morbo público. Al cuarto dÃa el cadáver fue bajado.
Por su parte el oidor Don Alvaro de Peredo, mandó poner gruesas rejas en la habitación de su medio hermano, en el mismo dÃa de la ejecución. QuerÃa asegurarse de evitar sus crÃmenes, pero a la vez, también era una forma de castigo hacÃa el verdadero criminal, porque el remordimiento lo atormentaba.
Esa noche, en que la pestilencia del cadáver todavÃa impregnaba la calle, un impulso irracional lo hizo salir. Dio unos pasos hacÃa la casa de enfrente y al elevar la cabeza, vio, entre la luz de la luna llena, la sombra del ahorcado.
Pensó que era una alucinación, esa visión de dÃa y de noche semanas y meses la silueta seguÃa apareciendo en el mismo lugar. Ya no querÃa salir de su casa, pero algo le impulsaba salir, siempre evitaba mirar la cadena, más una fuerza de ultratumba lo hacÃa volver la cabeza y elevar la vista y veÃa la silueta del ahorcado.
Poco tiempo después, encerrado en su alcoba ya enfermo en los muros de su habitación se dibujaba la sombra del ajusticiado.
El oidor empezó a rezar, pero la silueta seguÃa ahÃ. Entonces cobró valor.
-¡Marchaos de aquà sombra ominosa! ¡Comprended, tenÃa que salvarlo!
Transcurrieron siete meses del suceso. Los crÃmenes cesaron, y la confianza volvió entre los habitantes. Pero una noche, se escuchó el alarido de una nueva vÃctima. El oidor tuvo la seguridad de que no era su hermano porque él estaba encerrado y se hallaba dormido la noche del asesinato.
Dos dÃas después, un hombre que caminaba por la calle, ya muy noche fue atajado por la siniestra figura, que al instante levantó el brazo, con puñal en la mano, dispuesto a matarle. Pero se detuvo, el asesino sintió una presencia atrás y se detuvo. Al volver la cara, se topo con un espectro, un esqueleto que lo levantó con gran fuerza, sin darle tiempo a nada, rodeo su garganta y apretó, hasta verlo morir.
El hombre que se habÃa salvado del asesino se alejó del lugar, tembloroso ante la visión de lo ocurrido. Horas mas tarde, casi amaneciendo, la ronda de alabarderos descubrió el cuadro: en el suelo yacÃa un cadáver y junto a él, un esqueleto le rodeaba el cuello con sus manos descarnadas.
Uno de ellos identifico el cadáver como el hermano del oidor mayor, pero no se supo explicar la presencia del esqueleto, y su identidad; solo se notó la cadena que colgaba de su cuello sin piel.
Se llamó al Santo Oficio, quien exorcizó el lugar. Mientras tanto las autoridades se hacÃan bolas por el hecho insólito. Al parecer el esqueleto asesinó a don Gaspar Aceves y no tenÃa sentido.
Al fin tuvieron una respuesta. Un hombre que venÃa apoyado en su esposa, llamó a las puertas de las autoridades religiosas para dar su testimonio sobre el atentado sufrido la noche anterior, y sobre el espectro que lo salvó.
Una vez interrogado quedó claro que el asesino era el hermanastro del oidor. En cuanto al esqueleto, el testigo dijo haber escuchado, como parte de su alucinación que el esqueleto le dijo a Don Gaspar Aceves, mientras lo estrangulaba; ¿No me conocéis? ¡Soy Lizardo de Ontuñano que viene a demostrar su inocencia!
Los que estaban ahÃ, sonrieron pero el fraile, confesor de Lizardo a la hora de su muerte, contestó muy serio.
Es verdad lo que dice este hombre. Se trata del mismo cristiano a quien dimos muerte acusado por el oidor mayor. Yo mismo vi la cadena en su cuello al hacer el exorcismo, pero no creÃ.
Uno de los oidores dijo, pediré instrucciones al virrey; entre tanto, detendremos al oidor mayor, el fraile contestó:
—Demasiado tarde, el oidor mayor se ahorcó. Al dÃa siguiente, el esqueleto fue enterrado en el cementerio. Por muchos años, la calle de la cadena fue nombrada la “Calle del Colgado†debido a la ejecución de Lizardo de Ontuñano o al suicidio del oidor mayor. La leyenda empezó con la muerte de ambos, por mucho tiempo, aseguran las personas que la vieron, como se mecÃa la sombra del ahorcado bajo las cadenas que se extendÃan de un extremo al otro del muro.
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Autor: Elsy Alonzo
Aficionada a la lectura y escritura en especial a temas de leyendas.
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